Batallas que forjaron y destruyeron un Imperio: contexto histórico y estrategias

jueves, 30 de diciembre de 2010

Batalla de Heraclea

Hasta ahora hemos visto cómo el pueblo romano ha ido ensanchando sus fronteras dando solución a los distintos enfrentamientos que tuvo con pueblos del centro de la península Itálica (latinos) y pueblos que entraban por el norte (galos). Esta expansión debió inquietar, sin duda, a las ciudades griegas situadas al sur de la península; la más importante de todas ellas era Tarento.

Mapa de la Magna Grecia. Siglo III a. C.
Pero remontémonos unos años en la historia griega para comprender los acontecimientos que desembocaron en la batalla que nos ocupa. En el año 323 a. C. Alejandro Magno murió en Babilonia. Pronto sus generales empezaron a disputarse la dirección del Imperio. Tras numerosas luchas, el Imperio quedó dividido definitivamente entre el general Seleuco, que dominó la parte del Imperio situado en la parte asiática, y el general Tolomeo, en cuyas manos cayó Egipto. Asia Menor quedó dividida en una serie de pequeños reinos firmemente establecidos, pero demasiado lejos de Tarento como para acudir rápidamente a prestar ayuda ante la amenaza romana. Tampoco Macedonia, muy debilitada y sumida en un estado de anarquía, podía acudir a socorrer a Tarento. En medio de esta situación fijamos nuestra mirada en el Reino de Epiro cuyo rey, Pirro, estaba al mando de esta porción de tierra situada sobre la frontera occidental de Macedonia. Estamos en el año 280 a. C. Pirro necesitaba aventuras militares constantemente; y a él acudieron los tarentinos –observemos que estaba situado tan sólo a 80 kilómetros de distancia de Tarento-.

Las intenciones de Pirro no sólo eran las de ayudar, sino que pensaba derrotar a Roma y Cartago para así establecer en Occidente un imperio tan grande como el que había forjado su antepasado Alejandro Magno. Se dirigió, por tanto, hacia la península Itálica con 25.000 soldados entrenados en la técnica de la falange. Roma tendría que luchar, no ya contra pueblos cuyo arte de la guerra no estaba demasiado desarrollado, sino contra un ejército experimentado y entrenado. Pero Pirro no sólo llevó hombres; también condujo a veinte elefantes –animal que se había incorporado de manera habitual a los enfrentamientos dentro del pueblo macedonio desde que Alejandro Magno llegara hasta la India y copiara ciertos métodos bélicos de aquellos pueblos-. 

Campañas de Pirro contra Roma
Una vez que adiestró en Tarento a los hombres más capacitados para la guerra, se dirigió hasta las inmediaciones de Heraclea, cerca del río Siris, pues allí encontraría un sitio adecuado para la formación de su falange, su caballería y sus elefantes. Allí esperaría a los romanos, confiando en que sus hombres dispondrían de más tiempo para organizarse mientras el ejército enemigo vadeaba el río. 
Al frente del ejército romano se encontraba Valerio Levino, cónsul de la provincia del sur de la península Itálica, quien contaba entre 30.000 y 40.000 soldados. El ejército griego tomó posición sobre la orilla sur del río Siris. Levino ordenó a su caballería vadear el río, pero el primer intento terminó en fracaso, pues Pirro esperaba al otro lado con sus hombres bien ordenados, impidiendo así el paso a los romanos. El general romano, reaccionando rápidamente, mandó a sus jinetes a otros lugares de paso alejados del ejército pírrico que permitieran atravesar el río con facilidad. Una vez conseguido este primer objetivo, se lanzaron contra el ejército de Pirro, consiguiendo romper sus líneas. La infantería romana, asimismo, se hacía fuerte en la orilla y comenzaba a atravesarla. Pirro se lanzó con 3.000 jinetes para detener este avance. La batalla había comenzado. 


Un soldado romano consiguió acercarse lo suficiente a Pirro, hiriendo su caballo con una lanza. Pirro se vio sorprendido, cayendo al punto que su caballo moría. Leonato, uno de sus oficiales, reaccionó con rapidez dando muerte al osado romano. El rey, entonces, decidió desprenderse de su indumentaria y dársela a otro de sus oficiales, quien al poco cayó abatido por los romanos. Esto provocó el temor de los hombres de Pirro, pues se fue corriendo la voz por el campo de batalla que su rey había muerto. Tuvo que correr delante de la línea de batalla de sus hombres con la cabeza descubierta convenciéndoles de que seguía con vida. 

Levino aprovechó este desconcierto para contraatacar con su caballería, pero en este momento, Pirro decidió presentar en batalla a sus elefantes, que habitualmente se situaban en segunda fila. La caballería romana fue dispersada rápidamente, pues los caballos de los romanos huyeron asustados ante la presencia de los paquidermos cuyo olor desconocían –no así los caballos de los griegos, acostumbrados a luchar junto a ellos-. De este modo, los romanos comenzaban su retirada, pero en ella fueron arrasados por los elefantes de Pirro que con sus trompas, colmillos y patas destrozaban a quienes se interponían en su camino. Sólo uno de los elefantes fue herido en su trompa por uno de los soldados romanos. Asustado el animal y asustados los restantes elefantes, Pirro decidió poner fin al enfrentamiento, evitando un destrozo entre sus propias filas. 

Elefantes de los griegos en la batalla
La batalla se saldó con 15.000 bajas romanas frente a unas 7.000 griegas (este número varía dependiendo de las fuentes romanas o griegas), pero entre éstas se encontraban los principales oficiales con que contaba Pirro, por lo que esta victoria fue conseguida pagando un alto precio. 
Pirro. Palacio Pitti, Florencia
Un año más tarde, los romanos fueron derrotados de nuevo por el ejército de Pirro, pero causando de nuevo importantes bajas en el ejército griego. Pirro ganaba batallas, pero perdía la guerra. Fue en un tercer enfrentamiento (Batalla de Benevento, 275 a. C.) donde Roma derrotó definitivamente a Pirro, consiguiendo el dominio total sobre el sur de la península. De este modo, aquel pequeño pueblo que  empezó dominando la región del Lacio, era ya dueño de todas las tierras que iban desde los Alpes hasta el sur de la actual Italia.  El Imperio Romano continuaba su expansión, pero otro enemigo esperaba en el Mediterráneo: Cartago.

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