Batallas que forjaron y destruyeron un Imperio: contexto histórico y estrategias

jueves, 18 de noviembre de 2010

Si vis pacem, para bellum

“Si quieres la paz, prepara la guerra”. Este podríamos decir que fue el lema que presidió la política del pueblo romano durante siglos. Una política tanto exterior como interior: si Roma quería la paz dentro de sus fronteras, la política exterior tendría que ser la invasión de aquellos territorios que pudieran convertirse, a corto o medio plazo, en una seria amenaza para la paz romana. Cuestión de supervivencia. Dicho de otro modo: “la mejor defensa, un buen ataque”.

Si observamos cualquier mapa de Europa, podemos ver la península Itálica ubicada en el centro del mar Mediterráneo, bañada por dos mares, el Adriático por el este y el Tirreno por el oeste. Los montes Apeninos la atraviesan de norte a sur y los Alpes la cierran por el norte.

En el centro de esta península se encontraba la región del Lacio, que dio nombre a sus habitantes, los latinos, y a su lengua, el latín. Y en el corazón del Lacio estaba una pequeña población llamada Roma.




¿Qué tenía esta pequeña población –pequeña en su origen- de distinto respecto al resto de pueblos que la rodeaban? ¿Nada? Nosotros, más de 2.700 años después, sabemos que ese pueblo llegó a dominar todo el Mediterráneo; pero en sus orígenes nada hacía sospechar que este pueblo, uno más entre muchos, tuviera potencialmente más poder que el resto.

Lo cierto es que Roma fue rompiendo su pequeño círculo, fue ampliando sus fronteras y acabó creando un imperio inimaginable, al mismo tiempo que la ciudad adquiría enormes proporciones. Y todo esto se consiguió en muchas ocasiones mediante guerras y duras batallas.

No es explicar la historia de Roma el cometido de este blog, sino describir los enfrentamientos que forjaron la Historia del pueblo de Roma. Abordaré batallas –ganadas por Roma o por sus enemigos-, estrategias desarrolladas en las mismas, así como la descripción de ejércitos y soldados.

Os dejo con un texto de Salustio, La conjuración de Catilina VII, donde nos describe el valor que caracterizaba al soldado romano. Quizás con esto podamos obtener una primera respuesta a la pregunta que nos hacíamos más arriba:


  “Los jóvenes, en cuanto estaban prontos para el arte militar, aprendían  en el campamento las prácticas de la milicia con rudo adiestramiento y cifraban su ilusión más en el brillo de las armas y en la belicosidad de sus caballos que en vicios y banquetes. Así con varones tales ninguna fatiga les era extraordinaria, ningún lugar escabroso o empinado, ningún enemigo armado que les enfrentase: el valor lo había allanado todo. Entre ellos existía una enorme sed de gloria; todos querían ser los primeros en herir al enemigo, escalar las murallas, hacerse ver mientras realizaban aquella proeza. Consideraban que esto era su riqueza, su reputación, su más alto honor. Estaban ansiosos de fama; eran liberales de dinero,  ansiaban una gloria inmensa y un moderado pasar.  Si el argumento no me llevase más lejos de mi propósito, podría recordar en qué lugares el pueblo romano desbarató con reducido ejército enormes formaciones enemigas, y las ciudades fortificadas por la propia naturaleza que tomó combatiendo.”

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