Batallas que forjaron y destruyeron un Imperio: contexto histórico y estrategias

jueves, 7 de julio de 2011

Segunda Guerra Púnica (y IV)

Batalla de Zama (202 a. C.)

Escipión, tras la victoria obtenida en Ilipa y la fama que con ella había conseguido en Roma, decidió combatir a los cartagineses en su propio territorio. Pero esta decisión no gustó al Senado romano negándose a asignarle un ejército con el que luchar. Sin embargo, miles de voluntarios acudieron en ayuda del famoso general romano. De este modo, zarpó para África el año 202 a. C. Antiguos aliados cartagineses se convirtieron ahora en el principal apoyo del ejército de Escipión.
Segunda Guerra Púnica
Pronto comenzaron las victorias romanas y la ciudad de Cartago estaba al borde de la desesperación por lo que se llamó a Aníbal de manera urgente. En el ínterin, Cartago llegó a establecer un acuerdo con Escipión, consiguiendo una tregua. Pero, antes de que ratificasen los términos de paz definitivos, llegó Aníbal con su ejército y rompió la tregua.

La guerra se desarrolló en la ciudad de Zama, a unos 160 kilómetros al sudoeste de Cartago. Escipión contaba con su experiencia y con un ejército mejor que Aníbal. Éste, por su parte, contaba con un numeroso contingente de soldados mercenarios procedentes de la península Itálica, en los que no se podía fiar totalmente. A su favor, contaba con 80 elefantes, más de los que tuvo en cualquiera de las batallas anteriores en las que había participado.

Batalla de Zama. Tapiz
Aníbal formó a sus 37.000 infantes en 3 líneas y a sus 5.000 jinetes en las alas. Escipión dispuso sus 10 legiones (30.000 hombres) a la manera clásica, pero esta vez, la formidable caballería númida estaba del bando romano. Aníbal comenzó la batalla lanzando los elefantes contra los romanos, pero éstos hicieron sonar sus trompetas consiguiendo asustarlos retrocediendo sobre las propias filas de los soldados cartagineses. Los jinetes de Masinisa, rey de los númidas y aliado de los romanos, se lanzaron contra la caballería cartaginesa destruyéndola en su práctica totalidad.

Seguidamente, Escipión, avanzó con sus soldados romanos, lanzando líneas sucesivas de tropas en los intervalos adecuados para ser más efectivas. Las primeras líneas cartaginesas huyeron despavoridas y sólo permaneció la última línea. En este momento Escipión se retiró y dio paso a los jinetes de Masinisa, quienes atacaron por la retaguardia de los hombres de Aníbal. El ejército cartaginés quedó aniquilado totalmente.

Estrategia de la batalla
El final de Aníbal fue también el final de Cartago. Ésta se rindió incondicionalmente. La Segunda Guerra Púnica había terminado y, pese a Aníbal y pese a Cannas, fue Roma la que obtuvo una completa victoria. El general Aníbal escapó con vida de la batalla y obligó a Cartago a firmar la paz. De aquí en adelante, el general se dedicó a reorganizar la política cartaginesa. Más adelante fue condenado a muerte por los suyos, pero tuvo tiempo de huir. Finalmente, cayó en manos del rey de Bitinia, que lo entregó a los romanos. Se quitó la vida antes de pasar a manos de sus mayores enemigos.  “Libremos a los romanos de sus preocupaciones”, fueron sus últimas palabras.

Concluimos con un vídeo que nos recrea muy fielmente todo lo expuesto más arriba:


miércoles, 6 de julio de 2011

Segunda Guerra Púnica (III)

Batalla de Ilipa (206 a. C.)

En Roma siempre surgían nuevos hombres para devolverle su esplendor y acabar con el enemigo. Uno de ellos fue Publio Cornelio Escipión. Sucedió a su padre como jefe de las fuerzas romanas en España y había presenciado la derrota de Cannas.

Mientras que Asdrúbal se llevaba las fuerzas cartaginesas situadas en España hacia Italia, Escipión pudo combatir a las que quedaron en suelo hispano con mayor facilidad. Pero en el 206 a. C., los cartagineses enviaron refuerzos a España para acabar con Escipión y su ejército. El encuentro tuvo lugar en Ilipa, lugar situado a unos 100 kilómetros al norte de la actual Sevilla.

Desarrollo de la Segunda Guerra Púnica

En esta ocasión el ejército romano era quien contaba con mayoría numérica de soldados respecto a los cartagineses. Los ejércitos estuvieron durante varios días uno frente al otro sin entrar en combate: cada mañana los soldados, de manera casi automática, se levantaban y, al filo del medio día, se posicionaban frente al enemigo para no hacer nada…

Hasta que un día, Escipión, decidió salir al amanecer atacando con los aliados hispanos situados en el centro y las legiones romanas en las alas. Los cartagineses, sorprendidos, lucharon valientemente contra los hombres hispanos, pero fueron envueltos y arrollados por los flancos del ejército romano. Seguidamente, la infantería romana dio cuenta de los elefantes cartagineses, los cuales salieron huyendo causando destrozos entre sus propios soldados. El resto se retiró en desbandada hacia su campamento y no fueron totalmente aniquilados debido a una oportuna lluvia torrencial que hizo que los propios romanos también huyeran hacia su campamento en busca de cobijo.

Estrategia de la batalla

La derrota cartaginesa trajo consigo la evacuación del pueblo africano de tierras ibéricas e, indirectamente, el pueblo romano vio en Escipión al único hombre que podía derrotar a Aníbal. El próximo enfrentamiento tendría lugar en territorio africano.

Ilustración de la Batalla de Ilipa

martes, 5 de julio de 2011

Segunda Guerra Púnica (II)

Aníbal continuó su marcha hacia el sur hasta llegar al lago Trasimeno. Un camino bordeaba el lago que estaba limitado del otro lado por las colinas. Aníbal colocó su ejército detrás de ellas y esperó la llegada de los romanos. A los pocos días apareció el ejército romano atravesando la zona por el estrecho camino que bordeaba la orilla. Los cartagineses cayeron sobre ellos acabando totalmente con los romanos. Un segundo ejército enviado por Roma acabaría de la misma manera que el primero. Aníbal se había convertido en el hombre más peligroso del momento y podía hacer que el imperio se tambaleara.
Quinto Fabio Máximo
Por ese entonces, los romanos nombraron al dictador Quinto Fabio Máximo. Éste decidió no enfrentarse directamente con Aníbal, sino que su tarea era esperar pacientemente. Aníbal, por su parte, también sabía que no debía marchar directamente sobre Roma. Primero debía obtener la ayuda de los pueblos aliados de Roma, especialmente de las tribus del Samnio. Por ello no avanzó directamente hacia Roma, sino que se dirigió hacia el este y luego hacia el sur de la península Itálica.

Sin embargo, el Imperio Romano estaba firmemente consolidado sobre pactos políticos y acuerdos clientelares. Y, por otra parte, los aliados de Roma querían la independencia, pero sabían bien los beneficios sociales y políticos que les reportaban los romanos. Además, no tenían garantías de que el dominio cartaginés fuera más laxo que el dominio romano.

Fabio, el dictador, se mantuvo en su estrategia de no luchar abiertamente contra el ejército de Aníbal, sino que decidió acosarlo por los flancos, arañando de un lado y del otro unos pocos soldados cartagineses. Su intención no era otra que desgastar al ejército enemigo. Pero, a la larga, este modo de actuar parecía impropio del Imperio Romano y parecía que Fabio no era más que un cobarde.

Batalla de Cannas (216 a. C.)

Por ello, Fabio fue reclamado desde Roma y en su lugar fueron dos cónsules, Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo, quienes se hicieron cargo de luchar contra Aníbal y llevarlo a la derrota total.

Se encontraron con él en Cannas, cerca del mar Adriático. Los dos cónsules se dividieron el mando y dirigían el ejército en días alternos. Varrón dispuso de un ejército de 86.000 hombres, mientras que Aníbal contaba con 50.000, lo que le hizo pensar que la victoria estaba asegurada.
El camino de Cannas (Hacer click para agrandar)
La infantería del ejército cartaginés avanzó en semicírculo, pero retrocedió lentamente. La línea de ataque se hizo recta y, finalmente, se replegó y comenzó a combarse hacia atrás. Todo parecía indicar que la línea se rompería por el centro de un momento a otro, y no se prestó atención a los extremos de la línea. Los romanos, impacientes, entraron en la batalla y penetraron en el interior del despliegue cartaginés en forma de U. El elevado número de soldados romanos que había dentro del espacio dejado por los cartagineses se convirtió en una desventaja para aquellos. A una señal de Aníbal, los extremos se cerraron y el ejército cartaginés cayó sobre la retaguardia romana.

Estrategia de la batalla
Murieron casi todos los romanos. Se salvaron muy pocos. Varrón fue uno de ellos, pero se quitó la vida antes que sufrir la vergüenza de la derrota ante sus compatriotas. Aníbal había ideado la batalla de modo perfecto. Roma tenía el ejército más perfecto y mejor armado del momento. Pero fue la inteligencia y la estrategia de Aníbal lo que dio la victoria a sus soldados.

El siguiente fragmento de video nos dará una visión real de lo que pudo ser aquella batalla.


domingo, 23 de enero de 2011

Segunda Guerra Púnica (I)

Después de que Roma saliera victoriosa del primer enfrentamiento contra los cartagineses y les impusiera a éstos un castigo demasiado caro, Amílcar convenció al gobierno de Cartago para que avanzara desde los puestos costeros de la Península Ibérica, sobre los que ya tenía influencia, hacia el interior. Roma bien podía pensar que sería bueno para sus intereses tener a Cartago ocupado en lugares lejanos a la gran urbe. No obstante, obligó a Asdrúbal, general cartaginés sucesor de Amílcar, a firmar el tratado del Ebro, según el cual las zonas de influencia de ambas partes quedarían fijadas por este río. Así mismo, Cartago debía respetar la independencia de Sagunto, aunque ésta estuviera situada 130 kilómetros al sur del Ebro. A la muerte de Asdrúbal, Aníbal, hijo de Amílcar, asumió el mando del ejército cartaginés dando comienzo una serie de campañas para conquistar zonas de la Península Ibéricas aún no controladas por Cartago.

Publio Cornelio Escipión
En el año 219 a. C., Aníbal decidió sitiar Sagunto para, finalmente, tomarla. Este hecho provocó que Roma declarara la guerra a Cartago y se abriera un período de nuevos enfrentamientos que habría de durar hasta el año 201 a. C. Aníbal cruzó decididamente el río Ebro al frente de un ejército de 38.000 hombres y 34 elefantes con el firme objetivo de combatir contra Roma en su propio territorio; pero esto no era lo que suponía Roma y, por ello, envió sus legiones a la Península Ibérica al mando de Publio Cornelio Escipión.

Aníbal se dirigió hacia la misma ciudad de Roma pasando los Pirineos y avanzando a través del sur de la Galia. Cuando Escipión llegó al campamento cartaginés, lo encontró desierto y regresó rápidamente a Roma para informar al Senado. Después se dirigió hasta el Ródano para detener el avance de Aníbal, pero cuando llegó, el general cartaginés ya lo había cruzado y se dirigía hacia los Alpes, donde perdió a más de la mitad de sus hombres entre las escarpadas montañas nevadas; aun así, logró su propósito y llegó a Italia después de cinco meses de marcha.

Desarrollo de la Segunda Guerra Púnica

Batalla de Trebia

Escipión, encolerizado, se dirigió hacia el norte de la Península Itálica y se encontró con el ejército enemigo en el río Tesino, que desemboca en el río Po desde el norte. Las caballerías de ambos bandos se enfrentaron en una breve batalla en la que los romanos fueron derrotados. Escipión fue herido pero, gracias a su hijo, pudo salvar la vida. El ejército romano se atrincheró al otro lado del Po, junto al río Trebia, afluente de aquel desde el sur. Allí esperó la llegada de Sempronio Longo con nuevos refuerzos. Pero Aníbal deseaba entrar en batalla, lo antes posible, pues no deseaba que el ejército romano se retirase intacto.

Aníbal pretendía que los romanos cruzasen el río y, para ello, envió a un grupo de su caballería al otro lado del río; los romanos atacaron y persiguieron al grupo que se retiraba apresuradamente hacia su campamento. Los romanos, que veían cercana la victoria, se lanzaron hacia ellos cruzando las frías aguas del río. Al otro lado estaba el ejército cartaginés preparado para la lucha. Las legiones romanas lucharon con valentía y abrieron las líneas del ejército de Aníbal. Sin embargo, los jinetes cartagineses, junto con los elefantes que aún quedaban, envolvieron a los romanos; seguidamente, Magón, hermano de Aníbal, cargó por la retaguardia con dos mil hombres más y aniquilaron casi totalmente al enemigo. Sólo una parte consiguió librarse, bien para refugiarse en dos enclaves fortificados que aún mantenían a orillas del Po, bien para abandonar la Galia Cisalpina, que tan sólo hacía cuatro años habían conquistado. Murieron más de 20.000 soldados romanos.

Aníban y los elefantes

Pronto, las fuerzas galas se unieron a las cartaginesas. Aníbal y sus hombres pasaron allí el invierno decididos a continuar hasta las mismas puertas de Roma. Aníbal perdió un ojo en la dura travesía de una zona pantanosa en la que también murieron sus animales de carga. Pero Roma no se dormiría: preparaba un ejército de once legiones formadas por cien mil hombres. Se había perdido una batalla, pero no la guerra.

El siguiente vídeo nos acerca la figura de Aníbal, sus planes y estrategias; su visualización nos adentrará en la segunda parte de la Seguna Guerra Púnica que desarrollaremos  próximamente en el presente blog.



domingo, 9 de enero de 2011

Primera Guerra Púnica

Después que Roma hubiera ampliado sus dominios y dominara toda la Península Itálica, Cartago se sintió amenazada, pues sólo una de las dos grandes potencias del Mediterráneo podría ser dueña de Occidente. 

En su origen, Cartago había sido sólo una de tantas ciudades fundadas por los fenicios en el siglo IX a. C., aunque ella fue la de mayor éxito. Cuando Nabucodonosor de Babilonia conquistó Fenicia después del 600 a. C., las colonias fenicias se quedaron solas y se agruparon en torno a Cartago, cuya flota se convirtió en la más poderosa del Mediterráneo occidental. A partir de este momento extendió su influencia sobre la isla de Cerdeña y sobre las islas Baleares. Además, creó numerosos puertos comerciales prácticamente en todas las costas mediterráneas, disputando el dominio costero con los colonos griegos, cuyo principal conflicto se produjo en Sicilia. El dominio de esta isla estaba dividido entre los griegos, que disfrutaban de dos terceras partes de terreno, y los cartagineses, que ocupaban el tercio occidental restante. 
Zonas de influencia de Cartago y Roma antes de la Primera Guerra Púnica
Los enfrentamientos entre colonos griegos y cartagineses en la isla de Sicilia eran continuos, pero el dominio total no llegaba por parte de ninguno de los dos bandos. Una de estas colonias, Siracusa, era fuerte y en ella residía Hierón, uno de los generales más destacados de Pirro. Cuando los mamertinos -soldados mercenarios italianos que se sublevaron contra Siracusa para que Mesina alcanzara la independencia- fueron derrotados por Hierón en el año 270 a. C. los ciudadanos de Siracusa lo nombraron rey con el nombre de Hierón II. Sólo cinco años más tarde, éste decidió de nuevo volver a Mesina, esta vez respaldado por Cartago. Los mamertinos, italianos al fin y al cabo, decidieron solicitar ayuda a Roma. Y ésta solía responder ante tales llamadas. Así, un ejército dirigido por Apio Claudio Caudex llegó a Sicilia y derrotó sin dificultad a las fuerzas de Hierón; era el año 264 a. C. y daba comienzo la primera de las tres Guerras Púnicas que duraría veinticuatro años.

Quinquerreme romano

Roma era optimista, sobre todo después de la victoria lograda sobre Cartago en Agrigento en la costa meridional de Sicilia, el año 262 a. C. Trató de alcanzar Lilibeo y poner sitio a la ciudad, pero su plan no podría tener éxito mientras la ciudad pudiera recibir alimento desde el mar. Por ello, los romanos decidieron luchar con los cartagineses en el mar. Esta decisión era una osadía, pues Cartago poseía la mayor flota del Mediterráneo occidental y la experiencia bélica de Roma se reducía al ámbito terrestre. Por fortuna, los romanos lograron hacerse con los restos de un quinquerreme (barco con cinco órdenes de remeros que manejaban secciones de tres remos) y reproducirlo mejorándolo con garfios, colocados por debajo en vigas de madera que eran levantadas al aproximarse a los barcos cartagineses y se dejaban caer de modo que, a través de ellas, los soldados romanos pudieran acceder al barco enemigo. El primer enfrentamiento se desarrolló frente al puerto marítimo de Milas, situado a veinticuatro kilómetros al oeste de Mesina. Allí fueron hundidos catorce barcos cartagineses y treinta y uno tomados, casi sin lucha, al mando de Duilio Nepote. 

Quiquerreme romano. Obsérvese la incorporación de garfios

En el 256 a. C., los romanos decidieron atacar de nuevo con una flota compuesta por 330 trirremes bajo el mando de Marco Atilio Régulo. En Ecnomo se encontró con una flota cartaginesa aún mayor en número y se libró la segunda batalla naval en la que Roma de nuevo consiguió la victoria. Con el mar libre, los romanos se dirigieron hacia la misma ciudad de Cartago. Marco Régulo derrotó al improvisado ejército cartaginés y le impuso unas condiciones de paz tan duras que Cartago decidió morir luchando. En ese momento surgió un espartano que arengó de tal modo al pueblo cartaginés que logró derrotar a los romanos y tomar prisionero a Régulo, quien podría haberse retirado a tiempo pero su orgullo se lo impidió.
Desarrollo de la Primera Guerra Púnica

Inmediatamente, el Senado romano decidió enviar refuerzos hacía la costa africana, pero un enemigo con el que no contaban los derrotó totalmente: una tormenta. Y no sería la última, pues dos años más tarde, y después de haber reconstruido su flota con 140 nuevos barcos, otra tormenta los atrapó cuando volvían a Roma desde la costa de Cartago.

Al fin, apareció un hombre entre los cartagineses el hombre que necesitaban desde un principio: Amílcar Barca. Pero ya quedaba poco que defender. Luchó decididamente contra Roma y realizó numerosas incursiones por Sicilia. La ciudad de Lilibeo aún resistía a los romanos. Pero éstos construyeron otra flota en el año 242 a. C. con la que derrotaron a la flota cartaginesa frente a la costa occidental de Sicilia, en las islas Egadas.

Sólo quedaba firmar la paz y ésta se hizo el año 241 a. C. Sicilia pasó a ser de dominio romano totalmente y Cartago se comprometió a pagar una cantidad enorme de plata durante veinte años. Esta imposición por parte de Roma tenía la finalidad de impedir la pronta recuperación económica de la ciudad púnica. Así, Cartago claudicó ante la poderosa Roma, pero desde ese mismo momento buscó el modo de rehacerse y volver de nuevo al campo de batalla.

Video ilustrativo de las claves de la victoria de Roma frente a Cartago:

jueves, 30 de diciembre de 2010

Batalla de Heraclea

Hasta ahora hemos visto cómo el pueblo romano ha ido ensanchando sus fronteras dando solución a los distintos enfrentamientos que tuvo con pueblos del centro de la península Itálica (latinos) y pueblos que entraban por el norte (galos). Esta expansión debió inquietar, sin duda, a las ciudades griegas situadas al sur de la península; la más importante de todas ellas era Tarento.

Mapa de la Magna Grecia. Siglo III a. C.
Pero remontémonos unos años en la historia griega para comprender los acontecimientos que desembocaron en la batalla que nos ocupa. En el año 323 a. C. Alejandro Magno murió en Babilonia. Pronto sus generales empezaron a disputarse la dirección del Imperio. Tras numerosas luchas, el Imperio quedó dividido definitivamente entre el general Seleuco, que dominó la parte del Imperio situado en la parte asiática, y el general Tolomeo, en cuyas manos cayó Egipto. Asia Menor quedó dividida en una serie de pequeños reinos firmemente establecidos, pero demasiado lejos de Tarento como para acudir rápidamente a prestar ayuda ante la amenaza romana. Tampoco Macedonia, muy debilitada y sumida en un estado de anarquía, podía acudir a socorrer a Tarento. En medio de esta situación fijamos nuestra mirada en el Reino de Epiro cuyo rey, Pirro, estaba al mando de esta porción de tierra situada sobre la frontera occidental de Macedonia. Estamos en el año 280 a. C. Pirro necesitaba aventuras militares constantemente; y a él acudieron los tarentinos –observemos que estaba situado tan sólo a 80 kilómetros de distancia de Tarento-.

Las intenciones de Pirro no sólo eran las de ayudar, sino que pensaba derrotar a Roma y Cartago para así establecer en Occidente un imperio tan grande como el que había forjado su antepasado Alejandro Magno. Se dirigió, por tanto, hacia la península Itálica con 25.000 soldados entrenados en la técnica de la falange. Roma tendría que luchar, no ya contra pueblos cuyo arte de la guerra no estaba demasiado desarrollado, sino contra un ejército experimentado y entrenado. Pero Pirro no sólo llevó hombres; también condujo a veinte elefantes –animal que se había incorporado de manera habitual a los enfrentamientos dentro del pueblo macedonio desde que Alejandro Magno llegara hasta la India y copiara ciertos métodos bélicos de aquellos pueblos-. 

Campañas de Pirro contra Roma
Una vez que adiestró en Tarento a los hombres más capacitados para la guerra, se dirigió hasta las inmediaciones de Heraclea, cerca del río Siris, pues allí encontraría un sitio adecuado para la formación de su falange, su caballería y sus elefantes. Allí esperaría a los romanos, confiando en que sus hombres dispondrían de más tiempo para organizarse mientras el ejército enemigo vadeaba el río. 
Al frente del ejército romano se encontraba Valerio Levino, cónsul de la provincia del sur de la península Itálica, quien contaba entre 30.000 y 40.000 soldados. El ejército griego tomó posición sobre la orilla sur del río Siris. Levino ordenó a su caballería vadear el río, pero el primer intento terminó en fracaso, pues Pirro esperaba al otro lado con sus hombres bien ordenados, impidiendo así el paso a los romanos. El general romano, reaccionando rápidamente, mandó a sus jinetes a otros lugares de paso alejados del ejército pírrico que permitieran atravesar el río con facilidad. Una vez conseguido este primer objetivo, se lanzaron contra el ejército de Pirro, consiguiendo romper sus líneas. La infantería romana, asimismo, se hacía fuerte en la orilla y comenzaba a atravesarla. Pirro se lanzó con 3.000 jinetes para detener este avance. La batalla había comenzado. 


Un soldado romano consiguió acercarse lo suficiente a Pirro, hiriendo su caballo con una lanza. Pirro se vio sorprendido, cayendo al punto que su caballo moría. Leonato, uno de sus oficiales, reaccionó con rapidez dando muerte al osado romano. El rey, entonces, decidió desprenderse de su indumentaria y dársela a otro de sus oficiales, quien al poco cayó abatido por los romanos. Esto provocó el temor de los hombres de Pirro, pues se fue corriendo la voz por el campo de batalla que su rey había muerto. Tuvo que correr delante de la línea de batalla de sus hombres con la cabeza descubierta convenciéndoles de que seguía con vida. 

Levino aprovechó este desconcierto para contraatacar con su caballería, pero en este momento, Pirro decidió presentar en batalla a sus elefantes, que habitualmente se situaban en segunda fila. La caballería romana fue dispersada rápidamente, pues los caballos de los romanos huyeron asustados ante la presencia de los paquidermos cuyo olor desconocían –no así los caballos de los griegos, acostumbrados a luchar junto a ellos-. De este modo, los romanos comenzaban su retirada, pero en ella fueron arrasados por los elefantes de Pirro que con sus trompas, colmillos y patas destrozaban a quienes se interponían en su camino. Sólo uno de los elefantes fue herido en su trompa por uno de los soldados romanos. Asustado el animal y asustados los restantes elefantes, Pirro decidió poner fin al enfrentamiento, evitando un destrozo entre sus propias filas. 

Elefantes de los griegos en la batalla
La batalla se saldó con 15.000 bajas romanas frente a unas 7.000 griegas (este número varía dependiendo de las fuentes romanas o griegas), pero entre éstas se encontraban los principales oficiales con que contaba Pirro, por lo que esta victoria fue conseguida pagando un alto precio. 
Pirro. Palacio Pitti, Florencia
Un año más tarde, los romanos fueron derrotados de nuevo por el ejército de Pirro, pero causando de nuevo importantes bajas en el ejército griego. Pirro ganaba batallas, pero perdía la guerra. Fue en un tercer enfrentamiento (Batalla de Benevento, 275 a. C.) donde Roma derrotó definitivamente a Pirro, consiguiendo el dominio total sobre el sur de la península. De este modo, aquel pequeño pueblo que  empezó dominando la región del Lacio, era ya dueño de todas las tierras que iban desde los Alpes hasta el sur de la actual Italia.  El Imperio Romano continuaba su expansión, pero otro enemigo esperaba en el Mediterráneo: Cartago.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Batalla de Alia y el sitio del Monte Capitolino

A dieciséis días de las calendas del mes sextilis (nuestro actual mes de agosto) del año 390 a. C. el pueblo galo, no sólo se defiende del ataque de los romanos, sino que pasa a la acción y lucha en las orillas de un pequeño río llamado Alia, situado a tan sólo quince kilómetros al norte de Roma. Este primer enfrentamiento fue dirigido por un jefe tribal galo llamado Brenno, quien derrotó completamente al ejército de Roma. Tras la victoria, el ejército galo marchó hacia la ciudad de Roma para ocuparla. Asistimos a la primera invasión de la ciudad en los más de trescientos cincuenta años de historia romana y no volveremos a asistir a otra hasta ochocientos años más tarde.

Muchos habitantes huyeron de Roma al tener noticias del avance y la llegada inminente de los galos. Otros, sin embargo, ofrecieron resistencia desde el Monte Capitolino. Algunas fuentes, envueltas en leyenda, afirman incluso que los senadores esperaron a los galos sentados en los portales de sus viviendas. Los galos invadieron la ciudad saqueándola e incendiándola pero se detuvieron ante la figura de los senadores cuya posición sedente impresionó a los invasores. Pero un galo, más atrevido que el resto, se acercó a uno de ellos para comprobar si era un hombre o una estatua. De repente, el senador lo golpeó con su bastón. El galo, aturdido en un primer momento, mató al senador romano desencadenando una terrible matanza.

El Capitolio salvado por el graznido de los gansos.The Comic History of Rome, Gilbert Abbott A. Beckett.

Los galos sitiaron el Monte Capitolino y –continúa la leyenda- trataron de trepar a la cima en numerosas ocasiones; una noche consiguieron llegar hasta la parte más alta del monte pero fueron delatados por los graznidos de los gansos que estaban en el templo, destinado para los ritos religiosos. El primero de los romanos que se lanzó contra los galos fue Marco Manlio, quien, acompañado por otros soldados, consiguió rechazar el ataque nocturno y, por tanto, salvar a Roma.

Tras este enfrentamiento, los galos solicitaron la paz ofreciendo abandonar el sitio si recibían a cambio mil libras de oro. Los romanos aceptaron el pago solicitado por los galos, pero descubrieron el engaño urdido por éstos que consistía en el uso de pesos falsos. Ante la protesta de los romanos, Brenno, furioso, respondió: “Vae victis!” (¡Ay de los vencidos!), y arrojó su espada sobre el platillo de la balanza para dar a entender que los romanos deberían pagar el peso de su espada en oro.

Representación de la escena "Vae victis". Grabado
Los romanos tomaron de nuevo las armas y lucharon hasta que los galos fueron expulsados completamente del territorio del Lacio, encabezados por Camilo a quien se le atribuye la frase –añadida más tarde probablemente por historiadores romanos-: “Non aurum sed ferrum liberanda patria est” (No es con oro, sino con hierro con lo que la patria es liberada). Así, Camilo, fue recibido en la ciudad de Roma con todos los honores y aclamado como segundo fundador de la ciudad. 

            Francesco Salviati, Triunfo de Furio Camilo, Fresco en el Salone dei Cinquecento, Palazzo Vecchio, Florencia, Italia